Silvia Molloy «En breve cárcel»

SILVIA MOLLOY

Un recorrido por sus novelas

 

En breve cárcel

¿Cómo acatar las prohibiciones del recuerdo cuando está ante sus manos y dentro de un cuerpo que le devuelve, como un manuscrito desmañado, corregido y lleno de tachaduras, lo que en él ha inscrito?

 

El vuelo de la pluma[1] de Tununa Mercado me conduce a Silvia Molloy. En estos tiempos de coincidencias (o quizás la vida es un continuo azar), recuerdo haber tenido, hace algunos meses, entre manos un texto de Molloy: su escritura para el Prólogo las Obras Completas de Lange, editado por Viterbo. Entonces escribí[2]:

Empatizo con ella de inmediato, con su escritura como en el análisis, al descubrir que coincide –y por lo tanto entiendo que fue acertada aquella intuición frente al mar de Imbassaí– de la importancia de la mirada para Norah Lange.

 

El capítulo que Tununa le dedica en su reciente libro tiene un título bellísimo: “Una mujer que escribe”, fue publicado en la revista fem, en 1985 para reseñar En breve cárcel (1981)[3], el primer libro publicado de Molloy.

Intento no dejarme seducir por el texto de Tununa para armar mi recorrido a partir de la propia lectura.

Enfrentar a medida que voy leyendo la página en blanco y así ir recogiendo con mi línea lo que me va trayendo la marea de Molloy.

La novela lleva dos acápites: un poema de Quevedo, que en su primer verso dice: “En breve cárcel traigo aprisionado” y otro de Virginia Woolf en el que la mirada, los ojos, sobre todo los ojos de los otros, así como sus pensamientos “son nuestras jaulas”.

Al escribir el título del libro, cometo varias veces el acto fallido de insertar una coma, entre breve y cárcel (cuestión en la que también se detiene Tununa en su reseña, para señalar el encarcelamiento, “¿la condena de la eterna escritura?”, se pregunta).

En el inicio de la historia la narradora señala que la que escribe lo hace porque “quiere fijar la historia para vengarse”.

El espacio donde se va ir produciendo el acto de la escritura es un cuarto “pequeño y oscuro”. Es el mismo cuarto que ha sido testigo de la historia de amor de la protagonista con dos mujeres: Vera y Renata.

Sin mayores detalles, visualizo una mesa “absurdamente chica” junto a una ventana y el dormitorio. Los recuerdos van llegando a ambos sitios, indistintamente: “Escribo sobre mí porque soy la persona más interesante que conozco” (p. 20) apunta al mismo tiempo reconociendo que esa afirmación le resulta falsa, aunque más adelante: “Sabe otra cosa: que no escribe para conocerse, que no escribe para permanecer, que no escribe para hacerse daño”. (p. 24)

La historia, aún así, es sobre ella misma, sus vínculos amorosos, pero también sobre los recuerdos que retuvo la memoria, los de la infancia, de una madre desdibujada, casi ausente; de la hermana:

El cuerpo muy rubio de su hermana sería algo parecido al suyo pero ella, hasta entonces, no se había mirado nunca desnuda en un espejo, sólo disfrazada. Recuerda el sexo pequeñísimo que tenía enfrente, quizás lo imagine, cuando lo encuentra hoy en un cuerpo infantil que la conmueve. (p. 30).

 

Hay todo un trabajo sobre el cuerpo del otro, a partir de ese primer cuerpo de su hermana. Un cuerpo que recuerda herido, violentado “cuerpo atontado, despojado de sensación, y que sin embargo no olvida sus violencias”. (p. 32)

El padre es una imagen atrapada en una franela azul y gris, donde la caricia se detiene imaginada sobre “su nuca”. A esa figura se suma la compañía de una tía que parece cuidarla mejor que nadie. Ambos morirán juntos en un accidente enfrentándola a la violencia definitiva de la muerte:

¿Qué es estar herida, qué es morir? Empezar a morir, empezar a perder el aire que se respira, pedirle al cuerpo que respire hondo una vez, solo una vez más; en esa estrechez, en la intuición de un lugar que comienza a deshabitarse, empieza a conocer de veras el dolor. (p.35).

 

Violencia, cuerpo violentado, la mirada que violenta, herir y ser herida pasa a convertirse en el eje del relato; así como la memoria, ejes de la historia, memoria que más adelante veré será tan decisiva en la escritura de Molloy.

 

Una primera pausa para convocar a Chabela Vargas para seguir escribiendo. Chabela también presente en el libro de Tununa, conversación que tuvo con la artista y que en la edición publicada de El vuelo de la pluma llega a continuación de la reseña de Molloy. Escucho toda la playlist de Vargas, aunque me he detenido en “Se me hizo fácil”, letra que me vincula tanto al texto que he estado leyendo.

Señalaba antes sobre uno de los temas sobre los que escribe Molloy: la memoria. La memoria que intenta retener, por ejemplo, del registro de la voz, dando cuenta de que ha sido reemplazada por el silencio que aporta el olvido; voz ausente, como la de Derridá para Cixious, evoco la voz de Macedonio para Piglia, pienso también en la instancia, que nos permite hoy la tecnología, de retener los mensajes queridos para repetirlos una y otra vez cuando nos los pide o toma coraje el corazón.

La memoria que se intenta retener en las palabras. Las palabras son primero el refugio y luego el espacio de transformación “como una muerte buena” (p.44), “… la palabra escrita en el margen ni arma ni estimula el deseo, en cambio horada el pasado, descomponiéndolo” (p.46).

La memoria para recuperar al padre, añorado, retenido en la imagen de una puerta entreabierta de un dormitorio al que nunca se le permitió entrar.

Una nueva pausa en lectura me ha hecho levantar la cabeza, en el deseo que devela la narradora:

Hoy querría estar sola en el mar; cómoda en el agua, dejándose ir, sin que nadie la llame desde la costa, sin salvatajes espectaculares. Simplemente con el agua, con el mar violento que añora porque lo necesita cada vez más. (p. 65).

 

La segunda parte de la novela (se divide en dos) encuentra a la protagonista aún más vuelta sobre sí misma, invadida por los recuerdos de sus amantes y los sueños en los que experimenta la recurrente violencia “Ella está con alguien, abrazada a alguien que la acompaña y que quiere defenderla, pero la imagen de la mujer con la navaja es más fuerte” (p. 89).

Unas páginas antes, había escrito sobre esa imposibilidad de “deslindar lo que busca cuando escribe de lo que busca cuando sueña…”. (p. 71).

Esa imposibilidad registrada en la escritura, la “violencia” que le genera a la protagonista el gesto de la palabra. Una mujer que por un instante se mimetiza en una gata que debe refugiarse “en un estante de la biblioteca” cuando se anuncia la llegada de Vera, su primera amante.

La violencia repetida una y otra vez. Por eso tal vez traje a esta crónica a la Vargas, porque no se puede cantar con ese sentimiento sin violentar, sin provocar una fisura, sin quebrar el todo, para dejar luego “un cuerpo agotado” (p. 102), pero vivo.

Querría una solución bárbara (la violencia sería cifra de su eficacia), como aquellos fomentos húmedos de su infancia, calentados con una plancha hirviendo, que ella misma debía sostener… (p. 106)

¿Cómo sacara fuera una violencia para escribirla? (p.112)

La violencia que respira y no logra proyectar fuera de ella (p.116)

Ahora sí sabe que no hay violencia impune. (p. 116)

Cada vez que lo hace -o que lo hacía- ella reacciona, avara y desvelada, le promete una violencia futura. (p.117)

… quería hacer algo más que vengarse o que lastimarla, algo que las violentara a las dos. (p. 127):

Son solo algunas de las citas que rescato a lo largo de todo el texto.

La casa habitada es la cárcel, vive en ella como “un prisionero que mentalmente lima los barrotes de su celda” (p.125); quizás entonces debo regresar a Tununa, que lo expresa mejor:

Escritura de cárcel es necesariamente escritura de espera y, en la espera, la evocación se instaura y los puentes con la infancia son ineludibles (El vuelo… p.127)

Sin embargo, “Las infancias ⸻como ya se ha dicho⸻ son todas un infiero…” (p. 144), escribe la protagonista, que se “ha escrito a lo largo de este relato, sin nombrarse” (p- 150) ¿Diana o tiene otro nombre? ¿Es ella, como la diosa, única, intocable, cazadora, sentada en el regazo de su padre? (Diana me recuerda mucho a Bioy, es inevitable).

Extraigo de la escritura de esta novela mi escritura “Caer y que con ella se derrumbe este cuarto con todo lo que encierra” (p.134). No hay una fórmula, no hay un cierre, no existe la ilusión que para eso basta con abrir una puerta, aunque ésta la lleve a una particular soledad. Como el escribir “se escribirá una y otra vez, sin punto fijo, sin personaje fijo, sin saber adónde va”.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Mercado Tununa, El vuelo de la pluma, Miluno editorial, Bs. As.: 2021.

[2] Otsubo, María Claudia, Leer levantando la cabeza, en edición.

[3] Que leeré en versión online suministrada por https://fdocuments.in/document/en-breve-carcel-sylvia-molloy.html?page=1.

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