Desesperación, de Vladimir Nabokov

Leyendo con desesperación a Vladimir Nabokov

 

Vera

Sin mi mujer nunca habría podido escribir ni una sola novela

 

A partir del reciente viaje por la obra ficcional de Silvia Molloy, boleto de travesía que adquirí leyendo a Tununa Mercado, surgió la curiosidad por leer, en algunos casos releer, a Vladimir Nabokov.

Comencé con Pálido fuego (Pale fire, 1962), atravesé su prólogo y dejándome llevar por la cadencia o el ritmo, más que por otra cosa, la sección del extenso poema Pale fire, el que, según señala el narrador, el académico Carlos Kinbote, quien ha establecido un vínculo personal con el autor de los versos, pertenece al poeta estadounidense John Shade.

De difícil abordaje, mucha abstracción y fundamentalmente poca paciencia de lectora, quizás porque estoy con tanto material a la vez, lo dejé en suspenso con el gesto de quien decide regresar a una exposición mejor preparada.

Reingresaría por otros textos del autor.

Elegí Desesperación[1], novela publicada en 1936, dedicada a Vera Nabokov (de soltera, Slónim) que fue su mujer, a quien el escritor le dedica todos sus libros, desde el primero hasta el último, entre novelas (20), cuentos (4) y teatro (1), las dos autobiografías y las tres publicaciones de crítica literaria.

Habiendo atravesado recientemente a Molloy, no pude pasar por alto que Vera es el nombre de la primera amante de la protagonista de En breve cárcel (1981). Molloy me había conducido de, algún modo, a Nabokov.

La disponibilidad de datos inmediatos me permite descubrir quién era Vera Nabokov.

En Wikipedia[2] señalan: “editora y traductora rusa, esposa, colaboradora y sustento económico del escritor Vladímir Nabokov”. Su biografía despierta mi interés: Una niña precoz, muy inteligente, criada en el seno de una familia judía acomodada, la que debe emigrar después de la Revolución rusa, las consecuentes mudanzas a distintas ciudades hasta lograr afincarse en Berlín donde Vera, a diferencia de sus hermanas que continúan estudiando, se pone a trabajar con su papá como secretaria y traductora, a la vez que crea (con apoyo del padre) la editorial Orbis. Distintos avatares familiares y personales hasta que se produce el encuentro con el Nabokov en 1923 en una fiesta de disfraces benéfica.

“Ella, con una máscara de lobo que cubría su pronunciada nariz, recitó de memoria varios poemas de Nabokov” se señala en una nota en el diario El País.

 

(Me detuve un instante para que mis manos me llevaran a “Máscaras venecianas”, el cuento de Bioy incluido en Historias desaforadas (1986), fue inevitable).

 

Las referencias biográficas que voy siguiendo detallan:

El amor surgió inmediatamente entre ambos; Nabókov, cuyo éxito entre las mujeres era amplio (y también ya era reconocido poeta, escribiendo bajo el seudónimo Sirin), al fin encontró en Vera a alguien capaz de entenderlo a la perfección, tanto a él como a su arte, y con quien podía comunicarse de forma franca y sin restricciones.

 

El sitio destaca que la pareja descubre que comparten además una característica, ambos son “sinestésicos”: La sinestesia es una condición que puede darse en un individuo que es capaz de oír colores, de ver sonidos o de apreciar texturas cuando saborea algo”.

 

(A esta altura la deriva de la investigación ya me resulta del todo atrapante).

 

Los primeros tiempos de la pareja, que se casa casi en privado, sin familiares ni amigos, resultan muy difíciles. Vera asume el sustento económico para permitir que su esposo se entregue por completo a escribir (además de impartir clases particulares). Así ella hace trabajos de secretaria, traductora, mecanógrafa, taquígrafa y maestra “y, no sólo en el ámbito literario, sino que tomó la responsabilidad de todas las tareas prácticas de la pareja: secretaria, agente, administradora, asesora jurídica y chófer”.

Durante 1937 la pareja estuvo temporalmente separada. Nabokov trabajando en París (cuando dejó Alemania no regresó nunca más a su país) mientras Vera permanecía en Berlín con el único hijo, Dmitri, sumida en una situación cada vez más difícil de sostener: mujer sola, judía en tiempos de Hitler, estrechez económica. Según la información que voy recogiendo, Vera demoraba la reunión en Francia con distintas excusas que cubrían, en realidad, la principal, que Nabokov le estaba siendo infiel en París con una rusa. Verdad, mentira, verdad. Crisis de pareja, abandono de la amante y nuevo compromiso de amor

La pareja se vuelve a reunir primero en Praga, luego en Cannes, pero la situación en Francia se hace imposible, sin documentos, sin trabajo. Europa arde, los inmigrantes pasan de una ciudad a otra sin recursos. Inestabilidad, pobreza, muerte. La decisión entonces de emigrar a los Estados Unidos (sobornos de por medio a funcionarios para obtener el permiso, ayuda de organizaciones humanitarias para los billetes) país al que llegan en 1940, justo antes de la ocupación nazi en Francia.

Dmitri se encontraba enfermo, con fiebre de 40º, pero no era posible retrasar el viaje; en Francia dejaron amistades y familiares, algunos de los cuales murieron en campos de concentración nazis -como Serguéi, el hermano de Vladímir- así como bienes, libros y manuscritos.

 

(cómo me recuerdan todos estos detalles la novela de Tununa, Yo nunca te prometí la eternidad)

 

Mientras Nabokov iba haciéndose un lugar en los ámbitos académicos y literarios (era casi un desconocido al llegar al otro continente), Vera “introvertida, orgullosa y un tanto inflexible a la hora de plegarse a las costumbres locales” intentaba adaptarse al nuevo destino.

Para esta época es que Nabokov desarrolla el interés por las mariposas (que ya he comentado en otras crónicas de lectura), ocupando mucho de su tiempo en el Museo Americano de Historia Natural y en el de Zoología comparada de Harvard, tiempo que, para Vera, pragmática y realista de la situación económica, significaba un desperdicio.

Por problemas de salud, Vera deja de buscar trabajo externo y comienza a dedicarse por completo a la actividad literaria de su esposo que comienza a cobrar resonancia: manejo de la correspondencia, de los editores, de sus lecturas, de las conferencias, incluso sustituyéndole en algunas clases universitarias. Cuando aprende a conducir (Nabokov nunca lo intentó ni le interesó) se convierte además en su chofer.

La publicación de Lolita, controvertida por su temática lo que obligó a publicarla fuera de los Estados Unidos, le da la fama definitiva al escritor, pero fue Vera quien salvó una y otra vez de las llamas las fichas manuscritas y quien realizó todas las gestiones para que el libro viera la luz (un libro que en 1955 fue considerado una de las mejores novelas del año por Graham Greene)

La pareja cobra notoriedad, los medios buscan en Vera la similitud con el personaje ficticio. Vera para entonces “era una señora de más de cincuenta años, alta, delgada, de piel clara y melena blanca, culta y de porte distinguido: la antítesis de Lolita”.

Por su parte, Dmitri, licenciado cum laude en la Universidad de Harvard, después de ocuparse por un tiempo con su madre en el muchísimo trabajo que había originado la fama de su padre, se dedica luego a la ópera y se muda a Italia.

Para los años sesenta, el matrimonio regresa a Europa (en principio por vacaciones, aunque nunca más retornan a los Estados Unidos) y se instalan en Montreaux, Suiza hasta el final de sus días.

El 2 de julio de 1977 muere Nabokov por cuestiones de salud, a los 78 años. Vera continuó trabajando intensamente con la obra legada (accidente muy grave de su hijo de por medio) hasta el 7 abril de 1991 cuando fallece muy aquejada por problemas físicos, entre otros, Parkinson. “Sus cenizas fueron enterradas en la misma tumba que su marido”.

Vera se impuso en esta crónica con una fuerza inusitada.

Vera me tomó por completo.

Arrolladora biografía, atrapante y decisiva en la carrera literaria de Nabokov y en su rol de mujer de una pareja de carne y hueso en la que no faltaron las infidelidades, los problemas económicos, las desavenencias.

¿Habrá sido ese su, y a pesar de todo, permanecer lo que hizo a la grandeza de Nabokov?

 

 

Desesperación

 

Escribir a pesar de todo pese a la desesperación

Marguerite Duras

 

Ingresar a la novela, publicada en 1936, es adentrarme en un juego de espejos y de dobles infinito.

Desde la detención que propone el autor en la primera línea del prólogo –escrito para la reedición del texto en 1965– señalando la diferencia entre el título ruso original Otchayanie, “aullido de sonoridad mucho más intensa (que el Despair inglés)”, como también el recorrido que tuvo el texto por las traducciones, del ruso al inglés: en 1936 para un editor londinense, luego otra edición muy limitada en el 37 y la versión, treinta años después, realizada en Montreaux, con “el éxtasis amoroso que un joven escritor puede sentir por el escritor más viejo que algún día llegará ser no es más que ambición en su forma más pura” (en Prólogo, p. 5).

El protagonista Hermann es un personaje pagado de sí mismo, insoportable, pedante, que produce chocolate en Berlín, casado con una mujer que es muy bonita y a la que subestima por tonta.

Uno de los rasgos esenciales de su carácter es “mi garbosa e inspirada tendencia a mentir”.

Nada de lo que cuenta es cierto. El mismo Hermann se encarga de desmentir una serie de detalles sobre su origen de alcurnia que había dado antes.

En un paseo por las afueras de Praga, descubre al vagabundo que describirá como su doble y que desencadena el relato. Ese hombre, Félix, lo obsesiona por el notable parecido.

Aún no sé cómo lectora que está ocurriendo en la mente del protagonista. En ese mientras tanto del relato “desesperante” voy siguiendo su pensamiento errático y alejado de la realidad, incluso para no ver que su mujer, intuyo, lo engaña con el primo y que su negocio va en la bancarrota, y que no es tan inteligente como él cree.

Hermann escribe, escribe esta historia que nos está contando. Desde esa posición, “de escritor”, postula y establece postulados sobre el oficio: “El mayor sueño del escritor consiste en convertir al espectador ¿lo consigue alguna vez?” (p. 25).

El autor que es Nabokov, también desdoblado en su personaje, expresa así por esa voz ficticia, sus teorías literarias (no puede faltar Dostoievski, uno de sus autores preferidos) o el pensamiento religioso y el postulado de la inexistencia de Dios.

La ficción se entremezcla con la realidad al extremo que Hermann señala que alguna vez le dijeron que se parece a Amundsen (p. 24) que ciertamente fue un explorador polar y que ciertamente se le parece, al buscar la fotografía, muchísimo a Nabokov.

Espejos y espejos, fotografías, la recurrencia al doble, alusiones al teatro y a la actuación son los tópicos que repiten con insistencia.

Como las obsesiones del protagonista: “mi impaciencia por escindirme” (p. 38) incluso al hacer el amor con su mujer, encontrando solo el placer si puede alejarse, como un tercero imaginario voyerista contemplando su propia espalda sobre el cuerpo femenino “Con el tiempo llegué a encontrarme sentado en la salita, mientras seguía haciendo el amor en la habitación” (p.38). Cuando su mujer repara en esta cada vez mayor distancia, que excede la física, y se lo reclama, él pierde todo interés en continuar el acto amoroso.

Félix es por momentos el alter ego físico, pero también es la versión infeliz de sí mismo. Féliz es su doble, pero ¿quién es él?:

 

¡Estoy aquí! Y ahora he vuelto a desaparecer ¡o quizás no fuese yo! (p. 41).

… sobre todo cuando la primera persona es tan ficticia como todo lo demás (p. 56).

No transcurría ningún día sin que no contase yo alguna mentira. Mentía como canta un ruiseñor, en éxtasis, olvidado de sí mismo (p. 59).

Escindido hasta en el gesto de la escritura: “no soy quien lo escribe, sino mi memoria” (p. 67) o “Otra cuestión es si voy o no a tomarlas… el robo (el plagio también) es el mayor cumplido que se le puede hacer a cualquier cosa” (p. 98).

Bien avanzada la novela, Hermann expresa su plan; si lo hizo antes no me di cuenta.

Se lo explica a la mujer que lo escucha confundida, casi como si fuera una niña que no termina de entender nada y también al lector. Ese gesto de “subestimarnos” a ambos, logra “desesperarme” (y varias veces me ha llamado “lector inteligente”). El plan es asesinar a su doble, vestirlo con sus propias ropas y cobrar después la póliza de su seguro de vida para rehacer su vida en Suiza.

Los planes no saldrán como estaba previsto y “un famoso actor de cine saldrá corriendo de esta casa ahora mismo” (p. 245) dice en el final que, aun así, queda abierto.

En la reseña que realiza José Serralvo, en 2021, para el sitio El Mercurio leo:

Él mismo (Nabokov) se encargó de traducir la obra al inglés en los años 60, editándola con mimo, y dejó claro en el prólogo que Hermann era un villano de mucho cuidado, no dudando en colocarlo en una categoría de maldad muy por encima de la del efebófilo de Lolita: «Ambos son unos granujas neuróticos, ahora bien, en el Paraíso existe un caminito verdoso por el que, una vez al año, Humbert puede pasearse durante el crepúsculo, mientras que el Infierno jamás le concedería a Hermann la libertad condicional».[3]

Como también señala Pedro García Cuartango para ABC cultural:

Nabokov no es fácil de entender porque se oculta tras las máscaras que va acumulando en una narración en la que siempre se cuestiona la relación entre la literatura y lo real. Sus trabajos son como un lienzo en el que hay que escudriñar con paciencia y atención los detalles, que son tan importantes como el fondo del relato. Por eso, gustaba decir que para entender el Ulises de Joyce hay que leer el texto con un mapa de Dublín[4].

En el relato “Frontera” (Vivir entre lenguas), Silvia Molloy escribe: “Recuerdo lo que dice Nabokov de su paso al inglés: al traducir Desesperación descubre que puede usar el inglés como a wistful standby del ruso. Quedarse en estado de espera, anhelando, reflexionando, pensando… Instancias que se abren en el universo infinito de la lectura.

Es lo que me ha producido el reencuentro con Nabokov.

 

 

 

[1] Nabokov, Vladimir, Desesperación, Ed. Anagrama, Barcelona: 1999. Edición en formato digital 12/2019.

[2] Wikipedia. https://es.wikipedia.org/wiki/Vera_Nab%C3%B3kova. Las referencias corresponden a este sitio.

[3] Serralvo José, “El narrador menos confiable de la historia” para el Mercurio, cultura desorbitada en

https://www.revistamercurio.es/2021/11/22/nabokov-desesperacion-el-narrador-menos-confiable-de-la-historia/

[4] Pedro García Cuartango, Nabokov o la verdad de un mentiroso compulsivo, para ABC cultural, 16/11/2018 en https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-nabokov-o-verdad-mentiroso-compulsivo-201811160220_noticia.html

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